defending rights and civil liberties

2017

29

JUN

La patologización de la identidad personal

¿Se imaginan que un psiquiatra tuviera que emitir un informe que avalara su raza, su gusto por la música o por los macarrones con tomate? Pues esto es precisamente lo que pasa cuando alguien siente que su sexo de nacimiento no se corresponde con su sexo sentido.

¿Se imaginan que un psiquiatra tuviera que emitir un informe que avalara su raza, su gusto por la música o por los macarrones con tomate? Pues esto es precisamente lo que pasa cuando alguien siente que su sexo de nacimiento no se corresponde con su sexo sentido.

El concepto de sexo, de manera generalizada, se asocia al componente biológico de la persona y, en la práctica, a los caracteres sexuales externos de la persona (genitales, rasgos físicos, etc.); sin embargo, este concepto incluye más aspectos de los que resultan habituales en esta definición limitada del mismo. El género es, sin embargo, un constructo social, un acuerdo en el que se asigna roles, valores y expectativas determinadas y diferenciadas a hombres y a mujeres.

Transgénero es un término global que define a personas que viven en un género distinto al que le ha sido asignado merced a los cánones sociales: si tiene pene, es un hombre y si tiene vulva es una mujer. Esto no siempre es así como veremos (Massé y Coll-Planas, 2010). Esto significa que aquellos roles, comportamientos, expectativas, usos sociales y normas que asociamos con uno u otro género no se corresponden con el sexo con que se identifica a la persona al nacer (American Psychology Association, 2011).

Desde que existe el ser humano existen los y las transgéneros. Aunque su aceptación no sea la misma ni en todos los países del mundo ni, por supuesto, en todas las épocas. Aún hoy hay autores y autoras que consideran la transexualidad como una enfermedad que hay que tratar, y, por tanto, curar. Sin querer extendernos demasiado nombraremos un ejemplo por su cercanía temporal: G. Morell piensa por ejemplo que la intervención quirúrgica es una variante de la automutilación disfrazada de normalidad, «la sociedad no tiene ningún motivo para aceptar la locura del transexual» (2006). El sujeto que se somete a la operación, en general no evitará la invasión de goce real, eliminando el lugar del cuerpo donde aparece de forma electiva. Aparecerá en otra parte (Lafuente, 2009).

Afortunadamente, este tipo de discurso tránsfobo se está superando con excepcional rapidez: el Papa Francisco afirma que homosexuales y transexuales son también «hijos e hijas de la Iglesia», rompiendo así con el paradigma doctrinal anterior que expulsaba por excomunión a las personas con identidades no normativas, esto es, heterosexuales. Caso especial sería el de la Iglesia Luterana Sueca que decidió en su sínodo de 2011 que las personas homosexuales (y de cualquiera condición) podían acceder al sacramento del matrimonio en igualdad de condiciones.

Ahora bien, ¿están las personas transgénero protegidas por la ley en España? La catalogación de la transexualidad como un trastorno mental implica que las personas transgénero deben someterse a una evaluación psiquiátrica para acceder a un tratamiento hormonal y/o quirúrgico y en el caso español, también para poder modificar su mención de sexo y nombre en sus documentos oficiales. Actualmente el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) está siendo revisado. La revisión del DSM es fundamental porque definirá el marco en el que se abordará la situación médica de las personas transgénero en los próximos años e influirá la clasificación de la Organización Mundial de la Salud. A tenor de los avances a este respecto todo hace esperar que en pocos años la disforia de género sea eliminada del catálogo de afecciones mentales.

Pero el desarrollo personal no se basa solamente en el aspecto que deseamos tener y el reconocimiento social de nuestra identidad. Es fundamental la total integración de las personas en la vida social y pública, así como el disfrute de derechos en condiciones de igualdad con el resto de la comunidad.

Aspectos tan cotidianos como solicitar un trabajo, identificarse con el documento nacional de identidad, ir al médico, etcétera pueden constituir un auténtico agravio comparativo para estas personas.

Imaginen: van ustedes a un banco a abrir una cuenta y les piden el DNI; su aspecto físico no concuerda con los datos y la fotografía del documento. En primera instancia quien le atienda en la sucursal puede pensar que están intentando identificarse con la documentación de otra persona, lo que si fuera así constituiría un delito de suplantación de identidad. Les propongo otra situación. Los hombres transexuales (se nombra siempre el sexo de destino) que no se hayan sometido a una eliminación total de los órganos sexuales femeninos deben ir al ginecólogo por obvias razones de vigilancia de su salud; seguramente no va a pasar desapercibido. Y así muchas otras situaciones que podríamos encontrar si hubiera espacio en este artículo. Les ruego reflexionen sobre ello.

Hoy día los jóvenes transexuales tienen las cosas algo más fáciles que hace unas décadas, aunque también son alarmantes las cifras de acoso escolar al respecto en nuestros días a niños y niñas transexuales. La falta de información y formación específica a la comunidad educativa (personal de servicio, padres y madres, docentes y los propios menores) es la raíz de estas situaciones que acaba creando un clima de intolerancia intolerable en un país donde la protección al honor y la propia imagen está amparada por la constitución y las leyes orgánicas. Como les decía, hace cuarenta o cincuenta años las cosas eran distintas: el terror de una dictadura que represaliaba, encerraba en cárceles y campos de reeducación, torturaba y asesinaba personas por expresar lo que sentían públicamente hizo que personas transgénero sufrieran indeciblemente: debían dejar los estudios, con lo que su situación personal y profesional se convertía en una represalia más. No es ningún secreto que la mayoría de las mujeres transexuales de cierta edad en adelante se dedican casi en exclusiva a la prostitución: casi único camino que encontraban con que ganarse la vida.

Detrás de todas estas situaciones subyace un fenómeno cruel y perverso: la intolerancia y el odio al diferente, al no-normal. Y en tanto el estado, verdadero garante de las libertades y los derechos individuales, no ponga todo el peso de la ley en la protección de las personas en toda su extensión seguirá siendo cómplice del sufrimiento atroz que padecen.

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